Casimiro tenía los ojos tan enormes que por ello las cosas
se le aparecían más grandes de lo que para otros con ojos normales. Por ejemplo,
encontraba absurdo que la campanilla de su garganta se viera de un tamaño tan enorme y se decía: ¡qué
contradicción! Cuando veía alguna fotografía de células no podía impedir que su
mente se retrotrajera algunos lustros atrás cuando en el colegio, en las clases de biología, era
el único al que no le pasaban un microscopio.
Un día, por esas manías del destino, al salir de la ducha,
no vio una barra de jabón en el suelo y por pisarla se vino a dar de bruces
contra la muralla. Cuando se repuso se puso a pensar que así como no vio el
jabón tampoco podía ver los ojos con los que veía. Entonces, se preguntó: ¿Cómo
se hace para ver los propios ojos con los que uno ve? Pero, ”¡Cuidado!”, se
dijo, “porque cada vez que mire a mis propios ojos los tendría que ver más
grandes y así hasta el infinito (y más allá)”.
Por eso, después de tantas frustraciones, terminó admitiendo que el cristianismo
no era para él porque con sus ojos solo podía ver vigas en los ajenos.
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