SADISMO Y DOMINACIÓN MASCULINA (LECTURA Y ANÁLISIS DE ESCRITOS DE ANDREA DWORKIN) - SADISM AND MALE DOMINATION (READING AND ANALYSIS OF THE WRITINGS OF ANDREA DWORKIN)

 

SADISMO Y DOMINACIÓN MASCULINA

(LECTURA Y ANÁLISIS DE ESCRITOS DE ANDREA DWORKIN)

Magíster Andrés Ferrer Ferrero

 

   A mediados de los años setenta del siglo pasado una representante del llamado “feminismo radical” establecía, por así decirlo, que violación y coito son sinónimos, que el sadismo es parte del acto sexual o un complemento de él, que el odio y no el amor es lo que mueve a los hombres a tener coito.

 

   La antropóloga Marta Lamas (2018) dice que Andrea Dworkin llegó al extremo de plantear “la importancia de abstenerse de la penetración, pues la heterosexualidad es fundamental para el dominio de los hombres sobre las mujeres” (p. 28).

 

   Entonces, ¿hay que evitar el coito? Teniendo en cuenta las nuevas tecnologías aplicadas en la gestación, ¿esto hace que el coito ya no sea necesario? ¿Se podría asociar las relaciones sexuales con los sentimientos? ¿Es lo mismo mantener relaciones sexuales con un psicópata que con alguien normal?

 

Conocimientos previos

  Para comenzar quiero repasar el argumento de una película porque lo estimo apropiado para reflotar conocimientos previos. El título en español del film es “Hermosa venganza” (2010). En él se narra una historia en donde una mujer desea vengar la muerte de su mejor amiga de la adolescencia que se ha suicidado tras ser violada estando bajo los efectos del alcohol y en presencia de los amigos del violador. Como no se hizo justicia es por ello que emprende una serie de acciones para vengar a su amiga. Su objetivo no son solo los responsables directos e indirectos sino también cualquier individuo masculino sádico que logre captar. Parecería que más que vengar a su amiga quisiera vengar a las mujeres.

 

   Pero, ocurre que la “vengadora” conoce a un hombre del cual se enamora. Se trata de un individuo discreto, dulce, solidario, empático, “lejos de la violencia sexual” (Colomer, 2020), en definitiva un hombre normal. Es así que decide iniciar una relación amorosa que la colma de tal manera que parece que se ha reconciliado, por así decirlo, con el género masculino de modo que sus deseos de venganza quedan como en stand by. Pero, un video evidencia lo que de alguna manera él ha olvidado: su participación en el hecho que derivó en el suicidio de la mejor amiga de su pareja.

 

Los hombres normales

   En el libro Nuestra sangre de Andrea Dworkin (s.f) aparecen las siguientes palabras: El hecho es que las violaciones no las cometen psicópatas. Los hombres normales son los que violan” (p. 2). Como parte de su argumento presenta un informe sobre el comportamiento de violadores condenados que decía lo siguiente: “no existen signos manifiestamente premonitorios en la historia previa [del violador] al ataque sexual; en efecto, su conformidad a la heterosexualidad está cuantitativamente por sobre el promedio”  (p. 2). Como lo expone Dworkin, los psicópatas están alejados de las normas sociales. Las violaciones son cometidas “por modelos ejemplares de nuestras normas sociales”. Por eso, no valdría decir que la violación es un exceso, una aberración, propio de sujetos malvados (2007).

 

   Como apoyo a su tesis Dworkin plantea que la violación es el modelo original de matrimonio. En Nuestra sangre su autora cita un extracto de la ley mosaica que se encuentra en el libro bíblico de Deuteronomio 21, 1-15 (Reina-Varela, 1960):

“10 Cuando salieres a la guerra contra tus enemigos, y Jehová tu Dios los entregare en tu mano, y tomares de ellos cautivos, 11 y vieres entre los cautivos a alguna mujer hermosa, y la codiciares, y la tomares para ti por mujer, 12 la meterás en tu casa; y ella rapará su cabeza, y cortará sus uñas, 13 y se quitará el vestido de su cautiverio, y se quedará en tu casa; y llorará a su padre y a su madre un mes entero; y después podrás llegarte a ella[1], y tú serás su marido, y ella será tu mujer. 14 Y si no te agradare, la dejarás en libertad; no la venderás por dinero, ni la tratarás como esclava, por cuanto la humillaste”.

   Estas prerrogativas de la ley mosaica avalarían una práctica de tiempos muy antiguos que consistía en que cuando un hombre deseaba a una mujer la tomaba por la fuerza y la “follaba”. Si tomamos como referencia las definiciones de “violación” referidas por Dworkin en Nuestra sangre (violación incluye: “robar, sujetar, llevarse”, “el acto de sujetar y llevar por la fuerza”, “al acto de forzar físicamente a una mujer a mantener relaciones sexuales”) la situación de las mujeres cautivas en la antigüedad parecería que sí, que fueron violadas, ninguneadas, objetivadas.  

 

   La autora de Nuestra sangre entiende que existe un odio a la mujer. Dicho odio es una fuente de placer sexual para los hombres (2007). La relación sexual sería un medio fisiológico, por así decirlo, para hacer inferior a la mujer. Las relaciones sexuales y la desigualdad femenina son como siamesas, así lo describe Dworkin (2007).

 

Las relaciones sexuales y las sociales

   En Intercourse (2007) la autora separa dos ámbitos diferentes: las relaciones sexuales y las sociales. Las primeras son privadas mientras que las segundas tienen un carácter social. Las sexuales es entre individuos y no tendrían una significación social. Es por eso que la vida para las mujeres puede ser mejor (desde un punto de vista de las condiciones económicas y políticas) pero, igualmente, su situación frente a la dominación masculina permanecer idéntica.

   Entonces, podrían haber cambios que aseguren mayor participación de las mujeres en la vida pública pero, estos cambios “contextuales” no hacen a la cuestión de si las relaciones sexuales en sí mismas pueden ser un ámbito de igualdad sexual. 

 

¿Hacer el amor?

   Dworkin (2007) propone que pensemos en el hecho de que las nuevas tecnologías relacionadas con la gestación hacen que el coito ya no sea necesario para la existencia de la especie. Entonces, ¿qué función podemos reconocerle? ¿Podría ser la de expresar amor? Kate Millett (1997) sostiene que en la sociedad patriarcal lejos de asociarse la sexualidad con el cariño, el amor, el respeto a la sexualidad se la asocia con la crueldad:

“las sociedades patriarcales suelen relacionar la crueldad con la sexualidad que a menudo se equipara tanto con el pecado como con el poder. Esta dualidad se manifiesta en las fantasías sexuales citadas por el psicoanálisis y expresadas en la pornografía”. (p. 102)

   Entonces, ¿quiénes son los interesados en mantener la práctica sexual con penetración?

Sadismo y masoquismo pasivo

   El sadismo es parte del acto sexual o por lo menos es un complemento. Dworkin dice que “los hombres reconocen su sadismo sistemático hacia nosotras” (s.f.). Justamente Millett vincula al sadismo con los machos y los roles masculinos mientras que con las hembras la postura de víctimas y sus roles femeninos. Según esta filósofa las reacciones que se tienen al presenciar actos de violencia contra la mujer pueden ser de dos tipos: de aprobación o de rechazo. Necesariamente tenemos que dividir al público en dos. ¿Quiénes son los que reaccionan con “envidia o regocijo” y quienes con “turbación”, “escándalo e indignación” (p. 104-5)? Si tenemos en cuenta el “papel masculino” en el patriarcado es de esperarse que las escenas pornográficas o semipornográficas más que agrado despierten cierto grado de identificación con los sádicos por parte de la audiencia masculina (Millett, p. 103).

 

   Ahora bien, ese sadismo, ¿transforma a la otra parte en masoquista? ¿Se trataría de un relacionamiento por oposición sádico/masoquista?[2] Dworkin habla de “masoquismo pasivo”. “Pasividad” no porque las mujeres encuentren un grado de satisfacción sino que, como el “sadismo sistemático” de los hombres igualmente tenemos pasividad sistemática (s.f.), esto es, funcional a un “sistema de creencias y convicciones” que definen a la mujeres en oposición a los hombres y que, a su vez, las designan como inferiores.

 

Miedo a la castración

   Durante el coito el hombre puede experimentar el miedo a la castración pero nunca se sentirá poseído. Dice Dworkin en Intercourse (2007):

 

The man is not possessed in fucking even though he is terrified of castration; even though he sometimes thinks— singly or collectively in a culture— that the vagina has teeth; but he goes inside anyway, out of compulsion, obsession: not obsessed with her, a particular woman; but with it, getting inside”. (p. 81)

 

   Es interesante esta descripción porque la metáfora de los dientes en la vagina parecería que es la mujer la sádica y no el hombre. Sin embargo, Dworkin nos avisa que en el coito así como no es la mujer la sádica tampoco es el hombre quien se siente poseído.

 

Jerarquización

   Es importante tener presente que la relación entre los géneros masculino y femenino no se queda en la simple oposición. En su estudio sobre el pensamiento de Godelier la antropóloga Marta Lamas (1999) dice lo siguiente: “reconocer la diferencia de papeles implica una jerarquización[3]” (p. 14). La jerarquización supone una relación entre dos partes en donde uno es masculino y el otro femenino. Una es superior y la otra inferior. Uno domina mientras que el otro es el dominado. Esta combinación de categorías se sintetiza, por así decirlo, en una actividad que es el coito en donde, follar no es lo mismo que ser follado (en palabras de la misma Dworkin).

   Andrea Dworkin va a instar a la resistencia política no como simple reacción sino reconociendo a la mujer como clase social. Puede ser interesante comparar este concepto utilizado por Dworkin con el de Karl Marx (s.f). Esta clase social no sería consecuencia del devenir histórico como lo era para Marx, por ejemplo, el surgimiento del proletariado sino que, en mi opinión, sería transversal a todas las clases siendo estas hegemónicas u oprimidas. Entonces, puede aprovecharse para razonar en lo siguiente: para el feminismo radical o, por lo menos, para una de sus exponentes, la cuestión no es que gane la revolución proletaria que lo demás vendrá por añadidura. No, la jerarquización es transversal a todas las clases sociales. En todo caso, reconozcamos que las mujeres que son pobres y las de determinado grupos étnicos sufren más.

La mística de la feminidad

  Dworkin les advierte a las mujeres estudiantes que conforman su auditorio que al salir al mundo real experimentarán opresión simplemente por ser mujeres. Es decir, sería una advertencia y, a la vez, un mensaje de apoyo, de sororidad porque dicha opresión no es un sentimiento que les ocurre a una sino a todas. Justamente, la vengadora de la película que se comentó al comienzo de este escrito está sola. Solamente ella toma en serio lo que le hicieron a su mejor amiga.

 

    Según la psicóloga Betty Friedan las mujeres sienten que, a su vez, nadie se siente sola como ellas y, por lo tanto, no se plantean que tengan derechos. Pero, así como la mística de la feminidad es omnipresente también lo son los derechos humanos de modo que les toca a cada hombre y mujer. Hylari Rhondam (como lo citó Friedan) proclamó que los derechos de las mujeres son también derechos humanos.

 

   En la Introducción de la edición de 1996 de La mística de la feminidad Friedan señala que nadie tomaba en serio a las mujeres, ni los esposos, ni los políticos ni las mismas mujeres. Es imprescindible que las mujeres se tomen en serio y para que eso sea así, en sintonía con Dworkin, es necesidad que se comprenda qué es la violación y por qué todas las mujeres viven en peligro constante, en estado virtual de asedio.

   Según cuenta Dworkin, en los tiempos en que era estudiante en Bennington se pensaba que La mística de la Feminidad era literatura para amas de casa histéricas. Amas de casa que, supuestamente, lo tendrían todo (un marido proveedor, una bonita casa en un barrio elegante, actividades sociales donde desarrollar su sentido de compromiso social, etc) y sin embargo experimentarían un malestar que las oprime, un malestar que no lo quitaba las nuevas libertades emanadas de la revolución sexual (s.f.). Como lo comenta la autora de Intercourse (2007) la definición de la libertad femenina iba de la mano de cometer actos sexuales prohibidos, de ser follada porque así lo desea. Pero, el asunto que plantea Dworkin va más allá del deseo.

 

El malestar de Sofía Tolstoi

   En su artículo sobre la revolución sexual Bettina Baumann (2018) escribe que la liberación de la vida sexual impulsó la emancipación de la mujer. Ahora, en mi opinión lo que expone Dworkin sería lo contrario. Para ilustrar lo anterior sigamos a Dworkin y consideremos unas de las expresiones de Sofía Tolstoi escritas en su diario: nada en mí, más que humillante amor y un mal carácter […] todo mi orgullo está atrapado en el barro y no soy nada […] todo mi orgullo está atrapado en el barro y no soy nada más que un gusano aplastado y miserable que nadie quiere y que nadie ama. El malestar que evidencian estas palabras no se cura, como decía Dworkin, regalándole un vibrador ni enseñándole la técnica del fellatio ni tampoco entrenando al escritor para someter sus deseos de placer a los tiempos de su mujer. Si se sigue el razonamiento de Dworkin tendría que cambiar el modelo masculino de una relación “centrada en los genitales” y tomar con mayor interés y seriedad a “como lo hacen juntas las mujeres”.  

 

   Léase del libro Nuestra sangre a modo de resumen las palabras de Andrea Dworkin (s.f.):

 

“Yo sugiero que la transformación del modelo sexual masculino, bajo el cual todas nosotras laboramos y «amamos» comienza donde hay congruencia, no separación, una congruencia entre los sentimientos y los intereses eróticos; que comienza en lo que conocemos sobre la sexualidad de la mujer como distinta a la del hombre -caricias en el clítoris y sensibilidad, orgasmos múltiples, sensibilidad erótica en todo el cuerpo (que no necesita -y no debería- estar localizada o contenida en los genitales), en la ternura, en el respeto propio y en el respeto mutuo absoluto. Para los hombres, sospecho, ésta transformación comienzan en lugar al que más le temen -esto es, un pene flácido. Pienso que los hombres tendrán que renunciar a sus preciosas erecciones y comenzar a hacer el amor como lo hacen juntas las mujeres. Estoy diciendo que los hombres tendrán que renunciar a sus personalidades falocénctricas, a los privilegios y los poderes dados a ellos desde que nacen como consecuencia de su anatomía, que tendrán que desprenderse de todo lo que ahora valoran como distintivamente «de hombre». Ninguna reforma ninguna, o competencia de orgasmos, va a lograr esto”. (p. 6)

 

   En mí parecer la renuncia a las “personalidades falocéntricas” debería entenderse como una forma de desvincular las relaciones sexuales en general de las pautas patriarcales. Para eso,  si vamos a tener en cuenta a Dworkin, la relación sexual no debería quedar reducida a coito.

 

  Algunos hablan de una “fuerza esencial, de agresión y dominio masculino” que se manifiestan en el coito (Dworkin, 2007, p. 80). El coito expresaría lo elemental de lo masculino y lo femenino y que, a su vez, esto se corresponde con las esencias elementales de hombres y mujeres. Durante el coito ambos, hombre y mujer experimentan al hombre como tal. De lo anterior se deriva que la mujer deje de existir como individuo en el acto sexual resultando en su cosificación puesto que no se experimentan como seres humanos valiosos, con derechos, como todo ser humano.

 

Dándole lugar a algunas preguntas

   Ahora bien, si se vincula lo erótico con lo sentimental en relaciones sexuales que integren el coito en una gama de acciones que abarquen las caricias, besos, entonces ¿se acabaría la dicotomía activo/pasivo y, con esto, el fin de los roles como lo instaba Andrea Dworkin? Pero, ¿acaso la sexualidad queda reducida a lo fisiológico? La sexualidad, ¿no abarca una infinidad de acciones humanas? Pero, ¿sería por eso que Dworkin decía “qué todas las mujeres viven en peligro constante, en estado virtual de asedio”? ¿Es el caso que, como lo comenta Marta Lamas (2018), Dworkin “desplaza problemas del campo social al de la sexualidad” (pp. 127-8)?

   Han pasado más de cuarenta años desde que Dworkin publicó Nuestra sangre. Comparando las distintas épocas, ¿existe una tendencia a mejorar las cosas, esto es, a una mayor autonomía por parte de las mujeres? ¿Sigue marcando el coito la centralidad de las relaciones sexuales? Si sí, ¿a qué se debería? ¿Predominaría la dominación masculina, la cosificación de la mujer?

 

   En fechas más o menos recientes, según Friedan (1997), a nivel general las cosas parecen estar cambiando. Según esta autora, las mujeres son más autónomas, más libres del modelo masculino cambiando a nuevas “dimensiones” de la política y de la forma de relacionarse entre varones y mujeres. Pero, según la misma psicóloga, por lo menos hasta la última década del siglo XX, si bien “la mística de las feminidad” fue superada todavía no la lógica del “yo gano, tu pierdes”.

 

 

Referencias biblográficas

Baumann, B, (2018). ¿Que quedó de la revolución sexual de los 60? Recuperado de: https://www.dw.com/es/que-qued%C3%B3-de-la-revoluci%C3%B3n-sexual-de-los-60/a-45139012

 

Colomer,  A. (2021). Nadie está salvo en Hermosa venganza. Recuperado de: https://www.laplumaabominable.com/ver

 

Dworkin, A. (s.f.) Nuestra sangre. Maldita RADFEM. Recuperado de: https://malditaradfem.wordpress.com/2017/05/25/renunciando-a-la-equidad-sexual/

Dworkin, A. (2007). Intercourse. New York. Basic Book. Recuperado de: https://caringlabor.wordpress.com/wp-content/uploads/2012/09/intercourse-andrea-dworkin.pdf

 

Freud, S. (1940) Esquema del Psicoanálisis. Psikolibros. Recuperado de: https://www.mariategui.org/wp-content/uploads/2021/05/04-Freud-S.-1980-1938-Volumen-XXIII.-Esquema-del-psicoana%CC%81lisis.pdf

 

Friedan, B. (1996). La mística de la feminidad. España. Huertas I.G.S.A. Recuperado de: legisver.gob.mx/equidadNotas/publicacionLXIII/Betty%20Friedan%20-%20La%20mística%20de%20la%20feminidad%20(1963).pdf

 

Lamas, M. (1999). Usos, dificultades y posibilidades de la categoría género. México. Realyc.org. Recuperado de: https://portal.ine.mx/wp-content/uploads/2021/08/Deceyec-CM35.pdf

 

Marx, K. (1848). Manifiesto comunista. Recuperado de: https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/48-manif.htm

 

Millett, K. (1995). Política sexual. Madrid. Cátedra. Recuperado de: https://feminismosaprendem.wordpress.com/wp-content/uploads/2017/02/millett-kate-politica-sexual.pdf

 



[1] Si seguimos a Dworkin esto sería “follar”.

[2] En Esquema del Psicoanálisis (s.f.) se aclara que, así como en el sadismo habría una “mezcla pulsional” entre “aspiraciones libidinosas” con otras relacionadas con el placer en el caso de la pulsión de muerte Freud aclaró: “no parece arrojar sensaciones de placer”. Pero, entiendo que el argumento de Dworkin gira en torno a otros aspectos que son los sistemáticos no al deseo sino a la dominación masculina.

[3] La cursiva es mía.

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