Vaz Ferreira - El liberalismo, el Socialismo y la cuestión de la herencia - Liberalism, Socialism, and the question of inheritance
Vaz Ferreira
El liberalismo, el Socialismo y la
cuestión de la herencia
Magíster Andrés Ferrer Ferrero
INTRODUCCIÓN
Alguien
dijo una vez: 'la izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas'. Ahora, si
nos remitimos a la obra “Lógica Viva” (1975) su autor, Vaz Ferreira, dice así: “una gran parte de las teorías, opiniones,
observaciones, etc., que se tratan como opuestas, no lo son” (Vaz Ferreira,
1975). Entonces, en vez de “tomar lo
complementario por contradictorio” y perderse en discusiones estériles
sería más conveniente invertir los
términos y así lograr que se complementen las distintas posiciones sobre determinados
asuntos y así contribuyendo con el progreso de la especie.
La
cuestión de la oposición entre liberales y socialistas
A cualquiera de nosotros puede
resultarnos simpático la pretensión de originalidad de los individuos, el
sentido de responsabilidad que cada individuo debe desarrollar. El
irresponsable, el abyecto, el egoísta todo lo contrario. La comodidad, el
conformismo, el apego al grupo sin más nos causa repulsión, antipatía. (Vaz Ferreira, 1975)
En
cuanto al problema de la oposición entre liberales y socialistas Vaz Ferreira
no especifica ventajas y desventajas de cada uno sino que la valoración que
hace es en términos de sentimientos de simpatía y antipatía frente a cada una.
Entiende que este problema se relaciona con una oposición “polarizante” entre
ambos que no permitirían ver que en algunos aspectos el Socialismo es más
“individualista (individuista)” que el mismo Individualismo, por decirlo así,
de tal forma que más que hablar de Socialismo debería hablarse más bien de
“especismo” en el sentido de valorar si favorece o no los intereses de progreso
de la especie.
En
“Sobre los problemas sociales” se aprecia esta idea, es decir, de que el
Socialismo genera simpatía porque da a cada individuo “el mayor bienestar
posible,…por su idea de progreso, y de sacrificio, relativo por lo menos, de
los individuos peor dotados…, atiende más a la idea de la especie en general, a
la idea de sociedad;…en este sentido de los términos, el socialismo es más
individualista y el individualismo más socialista…”(Vaz Ferreira, 1963, p. 28).
Por eso,
lo importante de no estar “fanatizado” o “unilateralizado” para ver los
sentimientos de rechazo o simpatía a las tendencias individualistas e
igualitaristas que se nos presentan como antagónicas (Vaz Ferreira, 1963, p.
22). Por ejemplo, resultaría antipático el que para el liberalismo los
individuos no tengan por qué ocuparse por la situación de aquellos que están
más allá de los ámbitos familiares y personales, entendiendo como coacción toda
ley que regule la ayuda a los que les ha tocado una situación desventajosa. Por
ello, su antipatía al derecho de herencia tal como se da en el régimen actual
pues darían ventajas ilegítimas en las condiciones iniciales para algunos
causando, a su vez, desventajas para otros que verán restringido su derecho a
acceder a bienes de existencia limitada como la tierra (Vaz Ferreira, 1963, p.
28). Por otra parte, lo que produce simpatía del liberalismo es que es
favorable al desarrollo de la individualidad, del talento personal, de la
espontaneidad que, en definitiva, sería lo que favorece o beneficia el progreso
moral.
A su vez,
el Socialismo, sostiene Vaz Ferreira, genera rechazo por las limitaciones que
impondría la igualdad a la libertad de los individuos. Pero, por otro lado,
agrada porque comparado con el liberalismo resultaría ser “más humano”, porque
tiende “a la igualdad en el buen sentido”, es decir, busca mejorar la situación
de los más desfavorecidos (Vaz Ferreira, 1907). A su vez, Vaz Ferreira resalta
del Socialismo algunos aspectos que, por lo general, resultarían antipáticos
como lo son la “Autoridad, leyes, gobierno, prohibiciones, imposiciones,
demasiado de todo eso” (Vaz Ferreira, 1963, pp. 23-4). Es que él entiende que
la “tendencia individualista” y “la concepción de la libertad que le es propia”
han de considerarse como impulsos naturales y no como consecuencia de un
sistema socio-económico tal como lo concibe el marxismo (en líneas generales)
que considera al individualismo conjuntamente con el régimen económico
capitalista de modo que tendría que hablarse de un “individualismo-economía de
competencia” (Andreoli, 2012). Si, como él lo entiende, la “tendencia
individualista y la concepción de la libertad” son tendencias naturales,
entonces, el Socialismo revolucionario estaría derivando, por decirlo así, en
el siguiente dilema: “o utopía psicológica, o tiranía…”.
Posibilidad
de acuerdo entre los hombres buenos
Es
posible un acuerdo siempre que haya hombres abiertos, sinceros, humanos que
sean capaces de encontrar una fórmula de conciliación. No se encuentran, a este
tipo de “hombres buenos”, dentro de una clase social determinada. Es en estos
“hombres superiores” en los que Vaz Ferreira ubica la instancia en la que la
individualidad está más realizada[1].
Lo que le identifica es una multiplicidad o pluralidad de intereses buenos
(Andreoli, 2012). Alguien podría
señalar que una “multiplicidad de valores divergentes” es un problema de
nuestra cultura puesto que no es posible decidir entre pretensiones
contrapuestas cuál es la válida. En contraposición con Vaz Ferreira el que el
sujeto no se identifique con ninguna perspectiva moral en particular, no
solamente es señal de debilidad sino también “raíz de las patologías de nuestra
moralidad” (citado en Andreoli, s. f.).
La oposición entre individualismo y socialismo
Lo
que Vaz Ferreira ha señalado sobre la oposición entre individualismo y
socialismo puede ser comparado con distintos abordajes que sobre dicha cuestión
se han realizado a nivel general. Por ejemplo, P. Pettit (citado en Gamper,
2004) señala que si bien hay que distinguir “entre las diversas concepciones
del liberalismo que se concretan en un amplio abanico de regímenes políticos”
igualmente, podría entenderse por liberalismo, en términos generales (valga la
expresión) como el régimen del gobierno mínimo y de la individualidad máxima.
Como a su vez lo indica C. Taylor, los liberales conciben a la “libertad” como
una ausencia de obstáculos materiales (Hobbes) o, como lo señala Bentham
(citado en Taylor, 2005) que puedan llegar a limitar el movimiento de los
individuos.
Como se ve, para el liberalismo es importante
la constatación de un ámbito privado sin interferencias. Las mismas provendrían
del ámbito público. Lo anterior no supone que no se reconozcan obligaciones
para con la sociedad, es más, como lo señala el propio Adam Smith, habría que
distinguir entre dos tipos de obligaciones: “de justicia” (no robar, no matar,
etc., es decir, obligaciones perfectas o podría llamárseles “negativas”); de
ellas depende la posibilidad de vida social. Las otras son las “de
beneficencia”, de ayudar; son obligaciones de “ornato”, es decir, de adorno,
mejoran la vida pero la sociedad podría vivir sin ellas; sería una sociedad muy
dura pero puede admitirse que sería perfectamente viable. No hay auxilio al
necesitado sino que si hay ayuda es porque uno quiere. En cuanto a las primeras
basta que una persona se abstenga de hacerlas, es decir, lo contrario sucedería
porque en definitiva así lo quiso. Y en el segundo caso lo mismo, se ayuda si
se quiere porque no se necesita que lo haga. En definitiva, para el pensamiento
liberal cuando a alguien se le obliga a ayudar (coacción) no es más una acción
moral.
Cercano a
este pensamiento se encuentra el de H. Spencer para quien el sentimiento de
beneficencia debe servir no como principio organizador de la sociedad sino como
“simple paliativo”. Establece la siguiente distinción entre principios
“familiares” y “sociales”. Es en el caso de la familia donde existe el
principio de “generosidad” o beneficencia al más necesitado que, en este caso,
es el recién nacido. Una vez que el individuo ha llegado a la adultez deja de
recibir el socorro de sus padres. Es aquí cuando comienza a regir un principio
diferente, totalmente inverso al anterior, que es que el individuo recibe
beneficios en proporción a sus méritos. Por eso, según Spencer, si los
beneficios recibidos por cada individuo fuesen proporcionales no a sus méritos
sino a su inferioridad se estaría favoreciendo la propagación de los individuos
inferiores y por ende de forma progresiva la especie entraría en un proceso de
“degeneración” (Spencer, s. f.).
Entonces,
por un lado se tiene la sociedad la cual Spencer concibe como carente de
conciencia propia y, por otro, quienes la integran, es decir, los individuos
como centros de conciencia. Spencer sostuvo que la evolución no es por azar
sino por “competencia del más apto” y que esto causa que la especie progrese,
por eso dice así: “En competencia con los miembros de su propia especie y en
antagonismo con los de otras, degenera y sucumbe, o prospera y se multiplica,
según esté dotado” (Spencer, s. f., p. 96). De lo anterior se derivaría la idea
de que a través de la competencia libre, sin intervención del Estado, los
individuos superiores o, mejor dotados, obtienen lo mejor. Mientras que los
inferiores, menos aptos, son los que en definitiva serían objeto de piedad.
Esto también trae aparejado que haya una naturalización del mercado puesto que
la competencia es como una lucha por la supervivencia. El mercado refleja los
mismos mecanismos que se encuentran en la lucha por la supervivencia.
El
que Spencer esté en contra de toda intervención no significa que también lo
esté en ayudar a otros. Sino que está a favor de que los mecanismos de ayuda
sean libres y espontáneos, por eso en “El individuo contra el Estado” se lee lo
siguiente: “Cuanto mayor sea el número de hombres y mujeres que contribuyan á que
el pobre se auxilie á sí mismo, cuanto mayor sea el número de unos y otros que
acrediten su simpatía hacia los demás directamente y no por mandatario, tanto
mayor será nuestra alegría” (Spencer, s. f., p. 146). Al sostener lo anterior
Spencer cree lograr armonizar cosas que parecen oponerse como el egoísmo y el
altruismo porque, cuando la ayuda se brinda espontáneamente eso también nos
genera placer (Andreoli, 2012).
Si
bien Vaz Ferreira toma distancia del espíritu sistemático desarrollado por
Spencer cuando caracteriza, por decirlo así, al individualismo mantiene la idea
de que el desarrollo depende de los individuos. Los sentimientos de
beneficencia servirían para suavizar los aspectos duros del individualismo que
“sentencia” que cada uno ha de recibir las consecuencias de sus aptitudes y de
sus actos (Vaz Ferreira, 1963).
La
distinción entre libertad negativa y positiva
La noción
de “libertad negativa” instaura que “yo” soy libre en la medida que ningún
individuo o grupo de individuos interfieren en mi actividad. Ahora, ¿en virtud
de qué se mide el grado de dicha interferencia en “mi” actividad? Al respecto
Isaiah Berlin dice lo siguiente: “El grado de libertad negativa está en
función, por así decirlo, de qué y cuantas puertas tiene abiertas” (citado en
Andreoli, 2006, p. 128), pero no se trata de “abrir puertas” puesto que estaría
implicado “esfuerzos de muy variado tipo que no necesariamente quedan a cargo
del mismo agente”, lo que haría que no pudiera pensarse como un simple
“abstenerse de forzar”. Es por eso que la libertad de la que habla Berlin es:
tener oportunidad de acción, más que la acción misma (Andreoli, 2006). O sea,
“yo” no soy libre en la medida en que otros me impiden hacer lo que podría
hacer si no me lo impidieran, y si a consecuencia de lo que hagan otras
personas, este ámbito de mi actividad se reduce hasta un cierto límite mínimo,
puede decirse que estoy coaccionado o quizás oprimido. Entonces, para el
pensamiento liberal, se carece de libertad política si algunos sujetos impiden
a otros alcanzar un fin. No se está refiriendo a la concreción de un fin sino
que la libertad negativa, tiene que ver con la libertad de hacer o no cualquier
fin que alguien pueda desear.
Ha de
evitarse sobre todo las leyes que imponen o coaccionan al individuo de tal
manera que termina pasando a ser algo mediante lo cual todos los demás hombres
pueden ser dueños de su vida al modo de un amo sobre sus esclavos (Andreoli,
2006). En el caso de Vaz Ferreira la libertad es un espacio en donde los
individuos pueden tener su propia vivencia. Es decir, defender la libertad de
conciencia es defender la interioridad (Andreoli, s. f.)
La
preocupación de los liberales
La
preocupación de los liberales en cuanto a la libertad de conciencia toma forma
en la reivindicación de libertad frente a la hegemonía de las religiones pero
se debe tener en cuenta que la preocupación de los liberales se trasladó, por
decirlo así, a la cuestión de la defensa de la libertad de conciencia frente a
la masificación. Por ejemplo, en “Sobre la Libertad” puede verse lo anterior en
su cuestionamiento sobre la tolerancia y la libertad de conciencia: “Grandes
escritores, a los que el mundo debe cuanto posee de libertad religiosa, han
reivindicado la libertad de conciencia como un derecho inalienable, y han
negado de modo absoluto que un ser humano tenga que rendir cuentas a sus
semejantes sobre sus creencias religiosas. Sin embargo, la intolerancia es tan
natural a la especie humana, en todo aquello que la afecta en verdad, que la
libertad religiosa no ha existido casi en ninguna parte, excepto allí donde la
indiferencia religiosa, que no gusta de ver su paz turbada por disputas
teológicas, ha echado su peso en la balanza” (Stuart Mill, 1945, p. 111).
La
preocupación de Vaz Ferreira está en sintonía, por decirlo así, con lo señalado
anteriormente puesto que radica en preservar la individualidad de la
“masificación”. Para Stuart Mill la libertad de los individuos se ve amenazada
por la uniformización de la opinión y el comportamiento. La mayoría iría en
contra de los disidentes. Justamente, en la disidencia se expresa la emergencia
de lo distinto pero la sociedad intenta ahogarla (Stuart Mill, 1945). Para
ilustrar lo anterior tómese como ejemplo lo ocurrido a Sócrates quien se
enfrentó al poder legal pero, también, a la opinión pública llegando a ser
condenado a muerte por impiedad e inmoralidad. Entonces, el problema no lo
tienen la mayoría con la disidencia sino lo inverso, es decir, la libertad de
los individuos es amenazada por las actitudes de la mayoría.
Stuart
Mill desconfía de la “masa”, de la multitud que ejerce presión a favor del
cumplimiento de las reglas en contra de la disidencia, opone individuo-sociedad
y le da mayor valor axiológico al individuo. El individuo es la fuente de la
originalidad. Por eso, no está en conformidad a las costumbres sociales sino a
su propio plan. En “Sobre la Libertad” (1945) puede leerse lo siguiente: “La
naturaleza humana no es una máquina que se puede construir según modelo, para
hacer exactamente una obra determinada, es un árbol que quiere crecer y
desarrollarse en todas direcciones, siguiendo la tendencia de las fuerzas interiores
que constituyen un ser vivo” (pp. 169-71). El progreso queda “trunco” cuando el
individuo es “moldeado” en base a “recetas” o “instrucciones” provenientes de
textos o manuales de origen “divinos”. Pero, debería admitirse que no hay
manera de llegar a un conocimiento absoluto y que lo único de lo que ha
dispuesto la humanidad son de hipótesis tentativas que podrían ser verdaderas o
falsas llegando a ser lo que él denomina “dogmas muertos”. Una verdad puede
“estar muerta” pero el espíritu humano puede insistir en dicha verdad hasta que
encuentre un contexto favorable. Stuart Mill dice que la Democracia trae
aparejados mecanismos de control de la libertad. Esto sería así puesto que lo
que se denomina “poder del pueblo” en realidad sería poder de la mayoría que
logró imponerse sobre la minoría. Por ello siempre sería importante incluir
también otros mecanismos que permitan poner límites a ese poder. El
advenimiento de la Democracia significó el “poder sobre sí mismo”. Pero,
siguiendo a Stuart Mill, debe reconocerse que la cuestión no sería sobre ese
“poder del pueblo sobre sí mismos” sino que pasa a ser la cuestión de la
autonomía individual, por decirlo así (Stuart Mill, 1945, p. 21).
Ontológicamente el contexto social es prioritario al “sí mismo” pero
axiológicamente es secundario porque lo justifica.
Vaz
Ferreira no diría que lo superior es individual al mismo tiempo que lo
colectivo es inferior sino que el que los “designios” provengan de la mayoría,
por decirlo así, no es garantía de progreso, ni intelectual, ni moral. Es por
eso, que Vaz Ferreira dice “en todo momento lo superior es individualidades, es
elite, que son precisamente minorías” (citado en Andreoli, 2012, p. 112). No
puede hablarse de una voluntad popular (en el sentido de mayoría) sino individual.
Ahora bien, sí puede decirse que tanto para Stuart Mill como para Vaz Ferreira
la democracia es un “contexto favorable” para el desarrollo de los valores de
libertad y de diversidad de concepciones comprensivas de la vida, para el
perfeccionamiento de los individuos y, por ende, los intereses progresivos de
la humanidad como especie en marcha (Andreoli, 2012).
La
herencia y las posiciones iniciales
En
otros tiempos la cuestión de la “herencia" hubo suscitado oposiciones. Los
revolucionarios franceses, muchos de ellos (sino la mayoría) secungénitos
impulsaron la división equitativa
de la herencia en contra de los privilegios de los primogénitos. Pero, más allá
de la posición que le ha tocado a cada uno tenemos que tener en cuenta de que si tomamos como supuesto el principio
de libertad, entonces, la posición social de cada sujeto debería
depender exclusivamente de sus acciones y del resultado de la competencia. Es
en consonancia con esto que Vaz Ferreira señala la incongruencia de una de las
características del sistema actual que es el de la herencia puesto que, de
algún modo, estaría consagrando, por decirlo así, cierto sistema basado solo en
el derecho de disponer sobre los propios bienes pasando a ser, de esta forma,
un elemento generador de diferencias en las posiciones iniciales. La
desigualdad en el punto de partida no es justificable. Lo son las desigualdades
propias de la elección hecha por el propio individuo. En Vaz Ferreira hay tres
elementos que atentan contra la igualdad del punto de partida: la herencia
ilimitada, la propiedad de la tierra y la explotación capitalista. El mayor
elemento de injusticia social es la primera. Por ello hay que definir qué cosas
pueden ser heredadas. Cuales, al ser heredadas, privan de algo a alguien.
El
problema de la herencia está en relación con un conflicto de derechos puesto
que la generación pasada tiene derecho a transmitir. En el caso de que los
bienes a heredar sean tierra de propiedad Vaz Ferreira propone un programa
tributario. Este tipo de bienes, como la tierra, son considerados por él como
finitos y diferenciados de otro tipo de
bien que sea fruto del trabajo, de la creatividad de los individuos
particulares y por ende son infinitos.
Vaz
Ferreira entiende que todos deberían estar de acuerdo en que la discusión debe
centrarse en lo asegurado al individuo, no en el sentido de quien sino de
cuánto y qué cosas son con las que todo individuo debe contar y por lo tanto
hay que, como se dijo, asegurarle. Una vez acordado esto quedaría fuera de toda
discusión lo dejado a la libertad (Berisso, Diciembre 2008). Por eso en “Sobre
los problemas sociales” Vaz Ferreira representa la fórmula mediante una gráfica
compuesta de tres círculos concéntricos. El del interior corresponde a lo
asegurado al individuo. En oposición a este un círculo externo que representa
el espacio librado a las propias fuerzas. En cambio, el círculo que se
encuentra entre ambos corresponde a todo lo que puedan divergir los hombres de
buena voluntad en cuanto a la extensión dada ya sea a lo que hay que asegurarle
a los individuos ya a lo que queda librado a sus fuerzas. Esta fórmula “debería
ser común a todos los hombres de pensamiento y de acción”, dice Vaz Ferreira,
pero también de todas las teorías de tal manera que cabría la discusión sobre
el grado de lo que debe asegurarse al individuo pero “nunca sobre la fórmula”
(Vaz Ferreira, 1963). Dicha fórmula es la que nos permite evitar los excesos.
Demasiado individualismo nos resulta antipático pero no así el propio
individualismo. Ahora, ¿qué ocurre, según sus escritos, con el Socialismo?
Porque podría decirse que, asimismo, “demasiada” igualdad también nos resulta
antipática. En la fórmula no hay lugar para las limitaciones y el Socialismo
es, más que antipático, “temible” justamente por las limitaciones al individuo
(Vaz Ferreira, 1963). Según lo expresa Vaz Ferreira el socialismo, como él lo
entiende, causa simpatía “por sentir y hacer sentir los males de la
organización actual”, pero la igualación antipatía. Como señala Acosta, en el
caso del Individualismo Vaz Ferreira destaca que sentimos antipatía por la
“desigualdad excesiva” y que esto implica que “cierto grado de desigualdad es
aceptable” (Acosta, Noviembre 2009). En lo que tiene que ver con la cuestión de
la herencia lo que es un problema no es la institución de la herencia sino la
“herencia ilimitada”. En todo caso, Vaz Ferreira era partidario de establecer
modificaciones en el régimen de las herencias así como en el de propiedad de la
tierra buscando, de ese modo, “que el punto de partida de cada individuo sea
menos desigual” (Vaz Ferreira, s. f.). Lo que sucede es que los sentimientos de
simpatía y de antipatía se complementan y es por ello que porque sentimos
simpatía con las tendencias a la libertad y a las distinciones de personalidad
características del individualismo es que entonces nos resulta, a su vez,
antipáticos los aspectos igualadores del socialismo.
Para
ilustrar lo que entiende por “herencia ilimitada” repárese en las palabras del
propio Vaz Ferreira que dice: “Si algunos hombres hubieran modificado (...) el
aire haciendo el aire más puro y adaptándolo mejor así a la respiración, o
adaptándolo también a usos industriales, ello podría determinar algún derecho;
pero nunca ese derecho llegaría hasta justificar la apropiación individual del
aire, y su transmisión hereditaria, indefinida, a expensas de todas las
generaciones siguientes” (Vaz Ferreira, s. f., p. 38). En estas palabras Vaz
Ferreira deja entrever que en la cuestión de la herencia está implicado lo
mencionado por Andreoli y que es que si bien el derecho de propiedad sale del
trabajo, del esfuerzo del individuo, en el caso de Vaz Ferreira el trabajo
“vale más como expresión de la actividad intelectual que como modificaciones
producidas en el mundo por la actividad del cuerpo” (Andreoli, 2012, p. 80).
Podría decirse, que, si se intenta prevalecer el derecho a heredar sin
contradecir a Vaz Ferreira entonces, se concluye que lo único que podría
dejarse en herencia sería la creatividad o, en todo caso, la “capacidad
fermental” pero, es obvio que ello no es algo que pueda asegurarse.
CONCLUSIONES
Habría
dos derechos que estarían en conflicto. Por un lado el derecho de las
generaciones pasadas a dejar herencia y por otro el de los individuos a iguales
condiciones iniciales. La fórmula propuesta por Vaz Ferreira permitiría abordar
la cuestión de la desigualdad pero, al momento de la partida y así llegar a una
transacción. Como se vio, él toma como base que “en la oposición polarizante
entre igualdad y libertad (...) nadie quisiera sacrificar del todo la igualdad,
nadie quisiera sacrificar del todo la libertad” (Vaz Ferreira, 2012, p. 29).
Los partidarios de ponderar el derecho de todo individuo a dejar en herencia el
fruto de su trabajo de seguro les resultará antipático un régimen que aboliera
la herencia. A su vez, los que ponderen la igualdad del punto de partida podrían
llegar a resultarles simpático. Es más, Vaz Ferreira diría que un régimen
“auténticamente individualista” debería desaprobar la situación de desigualdad
creada por la herencia ilimitada puesto que los que están mejores posicionados
tendrán injustificadamente ventajas adicionales frente a los que están en peor
situación y que solo cuentan con sus propias fuerzas.
Si
el problema es la “herencia ilimitada” entonces no habrá que abolirla sino
“limitarla”. De esta manera se resguarda, por decirlo así, el derecho a que un
individuo “libremente” decida dejar o no herencia y también la libertad de
todos puesto que “la mayor parte de los individuos, de hecho, no actúan
libremente por falta de un mínimun asegurado de punto de partida” (Vaz
Ferreira, 2012, p. 79). Entonces, más allá de que quien hereda sea merecedor o
no lo que hay que asegurar es que la herencia no afecte a dicho “mínimun” de
punto de partida, es decir, que no prive de algo a alguien. Para ello Vaz
Ferreira distingue dos tipos de bienes a heredar. Uno tiene que ver con
aquellos que son fruto del esfuerzo y del trabajo, es decir, que son fruto de
la creatividad del hombre. Por ejemplo, la propiedad intelectual de una novela.
El otro tipo de bienes a los cuales hay que poner límites serían aquellos que
tienen que ver con la naturaleza, por ejemplo la tierra. Para “solucionar” esta
situación propone un programa tributario progresivo a la transmisión de la
propiedad de la tierra. De esta manera, se tendría una “solución” al problema
generado por la herencia “ilimitada”.
El
punto de partida y las aptitudes
Ahora
bien, hay lugar para una última comparación entre la concepción de Vaz Ferreira
sobre el “punto de partida” con el pensamiento liberal actual de John Rawls.
Para Rawls nadie merecería tener ni la fuerza, ni la inteligencia sino que se
trataría de algo recibido por azar. Por eso, para Rawls surgen los problemas de
justicia cuando los intereses competitivos se contraponen con una mayor ventaja
que podría obtenerse de la cooperación social (Rawls, 2010). Pero, en “Sobre
los problemas sociales” Vaz Ferreira definía al individualismo como “la tendencia a que cada individuo actúe con
libertad y reciba las consecuencias de sus aptitudes (subrayado es mío)
y de sus actos” (Vaz Ferreira, 1963, p. 22), más allá de los
sentimientos de simpatía y antipatía que nos produzca la tendencia. Recuérdese
que la desigualdad excesiva puede producir “el triunfo del no superior, o cuando más del que es superior en
aptitudes no superiores, por ejemplo la capacidad económica” (Ibídem).
Por lo tanto, Vaz Ferreira estaría en desacuerdo con Rawls puesto que las dotes
naturales sí formarían parte constitutiva de los individuos y que, como lo
señala Andreoli (2012) “sería lo de mayor valor, máxime si se trata de alguien
favorecido en la distribución natural” (pp. 84-5).
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[1]Si se tiene en cuenta la distinción entre trabajo intelectual y
manual el “hombre superior” se encontraría entre los trabajadores
intelectuales. Según Vaz Ferreira el trabajo manual es “trabajo intelectual caído en reflejo” (Andreoli, 2012), es decir,
trabajo como pura reacción, con esto entiendo que se está refiriendo a que el
trabajo manual es lo que nos permite ejecutar cosas pero que en sí no tiene que
ver con lo creativo. De tal forma que
en “Sobre los problemas sociales” apunta que el trabajo manual podría ser
repartido entre todos los hombres mientras que el espiritual no podría serlo
sino que “tiene sus elegidos”[1]. Pero, en el caso de Vaz Ferreira, más
bien habla de “trabajo espiritual”.
Porque, no todo el trabajo espiritual se reduce al intelectual.
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