Vaz Ferreira - El liberalismo, el Socialismo y la cuestión de la herencia - Liberalism, Socialism, and the question of inheritance

 

Vaz Ferreira

El liberalismo, el Socialismo y la cuestión de la herencia

Magíster Andrés Ferrer Ferrero


INTRODUCCIÓN


Alguien dijo una vez: 'la izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas'. Ahora, si nos remitimos a la obra “Lógica Viva” (1975) su autor, Vaz Ferreira, dice así: “una gran parte de las teorías, opiniones, observaciones, etc., que se tratan como opuestas, no lo son” (Vaz Ferreira, 1975). Entonces, en vez de “tomar lo complementario por contradictorio” y perderse en discusiones estériles sería más conveniente invertir los términos y así lograr que se complementen las distintas posiciones sobre determinados asuntos y así contribuyendo con el progreso de la especie.

 

La cuestión de la oposición entre liberales y socialistas

A cualquiera de nosotros puede resultarnos simpático la pretensión de originalidad de los individuos, el sentido de responsabilidad que cada individuo debe desarrollar. El irresponsable, el abyecto, el egoísta todo lo contrario. La comodidad, el conformismo, el apego al grupo sin más nos causa repulsión, antipatía. (Vaz Ferreira, 1975)

 

En cuanto al problema de la oposición entre liberales y socialistas Vaz Ferreira no especifica ventajas y desventajas de cada uno sino que la valoración que hace es en términos de sentimientos de simpatía y antipatía frente a cada una. Entiende que este problema se relaciona con una oposición “polarizante” entre ambos que no permitirían ver que en algunos aspectos el Socialismo es más “individualista (individuista)” que el mismo Individualismo, por decirlo así, de tal forma que más que hablar de Socialismo debería hablarse más bien de “especismo” en el sentido de valorar si favorece o no los intereses de progreso de la especie.

En “Sobre los problemas sociales” se aprecia esta idea, es decir, de que el Socialismo genera simpatía porque da a cada individuo “el mayor bienestar posible,…por su idea de progreso, y de sacrificio, relativo por lo menos, de los individuos peor dotados…, atiende más a la idea de la especie en general, a la idea de sociedad;…en este sentido de los términos, el socialismo es más individualista y el individualismo más socialista…”(Vaz Ferreira, 1963, p. 28).

Por eso, lo importante de no estar “fanatizado” o “unilateralizado” para ver los sentimientos de rechazo o simpatía a las tendencias individualistas e igualitaristas que se nos presentan como antagónicas (Vaz Ferreira, 1963, p. 22). Por ejemplo, resultaría antipático el que para el liberalismo los individuos no tengan por qué ocuparse por la situación de aquellos que están más allá de los ámbitos familiares y personales, entendiendo como coacción toda ley que regule la ayuda a los que les ha tocado una situación desventajosa. Por ello, su antipatía al derecho de herencia tal como se da en el régimen actual pues darían ventajas ilegítimas en las condiciones iniciales para algunos causando, a su vez, desventajas para otros que verán restringido su derecho a acceder a bienes de existencia limitada como la tierra (Vaz Ferreira, 1963, p. 28). Por otra parte, lo que produce simpatía del liberalismo es que es favorable al desarrollo de la individualidad, del talento personal, de la espontaneidad que, en definitiva, sería lo que favorece o beneficia el progreso moral.

A su vez, el Socialismo, sostiene Vaz Ferreira, genera rechazo por las limitaciones que impondría la igualdad a la libertad de los individuos. Pero, por otro lado, agrada porque comparado con el liberalismo resultaría ser “más humano”, porque tiende “a la igualdad en el buen sentido”, es decir, busca mejorar la situación de los más desfavorecidos (Vaz Ferreira, 1907). A su vez, Vaz Ferreira resalta del Socialismo algunos aspectos que, por lo general, resultarían antipáticos como lo son la “Autoridad, leyes, gobierno, prohibiciones, imposiciones, demasiado de todo eso” (Vaz Ferreira, 1963, pp. 23-4). Es que él entiende que la “tendencia individualista” y “la concepción de la libertad que le es propia” han de considerarse como impulsos naturales y no como consecuencia de un sistema socio-económico tal como lo concibe el marxismo (en líneas generales) que considera al individualismo conjuntamente con el régimen económico capitalista de modo que tendría que hablarse de un “individualismo-economía de competencia” (Andreoli, 2012). Si, como él lo entiende, la “tendencia individualista y la concepción de la libertad” son tendencias naturales, entonces, el Socialismo revolucionario estaría derivando, por decirlo así, en el siguiente dilema: “o utopía psicológica, o tiranía…”.

 

Posibilidad de acuerdo entre los hombres buenos

Es posible un acuerdo siempre que haya hombres abiertos, sinceros, humanos que sean capaces de encontrar una fórmula de conciliación. No se encuentran, a este tipo de “hombres buenos”, dentro de una clase social determinada. Es en estos “hombres superiores” en los que Vaz Ferreira ubica la instancia en la que la individualidad está más realizada[1]. Lo que le identifica es una multiplicidad o pluralidad de intereses buenos (Andreoli, 2012). Alguien podría señalar que una “multiplicidad de valores divergentes” es un problema de nuestra cultura puesto que no es posible decidir entre pretensiones contrapuestas cuál es la válida. En contraposición con Vaz Ferreira el que el sujeto no se identifique con ninguna perspectiva moral en particular, no solamente es señal de debilidad sino también “raíz de las patologías de nuestra moralidad” (citado en Andreoli, s. f.).

 

 

La oposición entre individualismo y socialismo

Lo que Vaz Ferreira ha señalado sobre la oposición entre individualismo y socialismo puede ser comparado con distintos abordajes que sobre dicha cuestión se han realizado a nivel general. Por ejemplo, P. Pettit (citado en Gamper, 2004) señala que si bien hay que distinguir “entre las diversas concepciones del liberalismo que se concretan en un amplio abanico de regímenes políticos” igualmente, podría entenderse por liberalismo, en términos generales (valga la expresión) como el régimen del gobierno mínimo y de la individualidad máxima. Como a su vez lo indica C. Taylor, los liberales conciben a la “libertad” como una ausencia de obstáculos materiales (Hobbes) o, como lo señala Bentham (citado en Taylor, 2005) que puedan llegar a limitar el movimiento de los individuos.

 Como se ve, para el liberalismo es importante la constatación de un ámbito privado sin interferencias. Las mismas provendrían del ámbito público. Lo anterior no supone que no se reconozcan obligaciones para con la sociedad, es más, como lo señala el propio Adam Smith, habría que distinguir entre dos tipos de obligaciones: “de justicia” (no robar, no matar, etc., es decir, obligaciones perfectas o podría llamárseles “negativas”); de ellas depende la posibilidad de vida social. Las otras son las “de beneficencia”, de ayudar; son obligaciones de “ornato”, es decir, de adorno, mejoran la vida pero la sociedad podría vivir sin ellas; sería una sociedad muy dura pero puede admitirse que sería perfectamente viable. No hay auxilio al necesitado sino que si hay ayuda es porque uno quiere. En cuanto a las primeras basta que una persona se abstenga de hacerlas, es decir, lo contrario sucedería porque en definitiva así lo quiso. Y en el segundo caso lo mismo, se ayuda si se quiere porque no se necesita que lo haga. En definitiva, para el pensamiento liberal cuando a alguien se le obliga a ayudar (coacción) no es más una acción moral.

Cercano a este pensamiento se encuentra el de H. Spencer para quien el sentimiento de beneficencia debe servir no como principio organizador de la sociedad sino como “simple paliativo”. Establece la siguiente distinción entre principios “familiares” y “sociales”. Es en el caso de la familia donde existe el principio de “generosidad” o beneficencia al más necesitado que, en este caso, es el recién nacido. Una vez que el individuo ha llegado a la adultez deja de recibir el socorro de sus padres. Es aquí cuando comienza a regir un principio diferente, totalmente inverso al anterior, que es que el individuo recibe beneficios en proporción a sus méritos. Por eso, según Spencer, si los beneficios recibidos por cada individuo fuesen proporcionales no a sus méritos sino a su inferioridad se estaría favoreciendo la propagación de los individuos inferiores y por ende de forma progresiva la especie entraría en un proceso de “degeneración” (Spencer, s. f.).

Entonces, por un lado se tiene la sociedad la cual Spencer concibe como carente de conciencia propia y, por otro, quienes la integran, es decir, los individuos como centros de conciencia. Spencer sostuvo que la evolución no es por azar sino por “competencia del más apto” y que esto causa que la especie progrese, por eso dice así: “En competencia con los miembros de su propia especie y en antagonismo con los de otras, degenera y sucumbe, o prospera y se multiplica, según esté dotado” (Spencer, s. f., p. 96). De lo anterior se derivaría la idea de que a través de la competencia libre, sin intervención del Estado, los individuos superiores o, mejor dotados, obtienen lo mejor. Mientras que los inferiores, menos aptos, son los que en definitiva serían objeto de piedad. Esto también trae aparejado que haya una naturalización del mercado puesto que la competencia es como una lucha por la supervivencia. El mercado refleja los mismos mecanismos que se encuentran en la lucha por la supervivencia.

El que Spencer esté en contra de toda intervención no significa que también lo esté en ayudar a otros. Sino que está a favor de que los mecanismos de ayuda sean libres y espontáneos, por eso en “El individuo contra el Estado” se lee lo siguiente: “Cuanto mayor sea el número de hombres y mujeres que contribuyan á que el pobre se auxilie á sí mismo, cuanto mayor sea el número de unos y otros que acrediten su simpatía hacia los demás directamente y no por mandatario, tanto mayor será nuestra alegría” (Spencer, s. f., p. 146). Al sostener lo anterior Spencer cree lograr armonizar cosas que parecen oponerse como el egoísmo y el altruismo porque, cuando la ayuda se brinda espontáneamente eso también nos genera placer (Andreoli, 2012).

Si bien Vaz Ferreira toma distancia del espíritu sistemático desarrollado por Spencer cuando caracteriza, por decirlo así, al individualismo mantiene la idea de que el desarrollo depende de los individuos. Los sentimientos de beneficencia servirían para suavizar los aspectos duros del individualismo que “sentencia” que cada uno ha de recibir las consecuencias de sus aptitudes y de sus actos (Vaz Ferreira, 1963).

 

La distinción entre libertad negativa y positiva

La noción de “libertad negativa” instaura que “yo” soy libre en la medida que ningún individuo o grupo de individuos interfieren en mi actividad. Ahora, ¿en virtud de qué se mide el grado de dicha interferencia en “mi” actividad? Al respecto Isaiah Berlin dice lo siguiente: “El grado de libertad negativa está en función, por así decirlo, de qué y cuantas puertas tiene abiertas” (citado en Andreoli, 2006, p. 128), pero no se trata de “abrir puertas” puesto que estaría implicado “esfuerzos de muy variado tipo que no necesariamente quedan a cargo del mismo agente”, lo que haría que no pudiera pensarse como un simple “abstenerse de forzar”. Es por eso que la libertad de la que habla Berlin es: tener oportunidad de acción, más que la acción misma (Andreoli, 2006). O sea, “yo” no soy libre en la medida en que otros me impiden hacer lo que podría hacer si no me lo impidieran, y si a consecuencia de lo que hagan otras personas, este ámbito de mi actividad se reduce hasta un cierto límite mínimo, puede decirse que estoy coaccionado o quizás oprimido. Entonces, para el pensamiento liberal, se carece de libertad política si algunos sujetos impiden a otros alcanzar un fin. No se está refiriendo a la concreción de un fin sino que la libertad negativa, tiene que ver con la libertad de hacer o no cualquier fin que alguien pueda desear.

Ha de evitarse sobre todo las leyes que imponen o coaccionan al individuo de tal manera que termina pasando a ser algo mediante lo cual todos los demás hombres pueden ser dueños de su vida al modo de un amo sobre sus esclavos (Andreoli, 2006). En el caso de Vaz Ferreira la libertad es un espacio en donde los individuos pueden tener su propia vivencia. Es decir, defender la libertad de conciencia es defender la interioridad (Andreoli, s. f.)

 

La preocupación de los liberales

La preocupación de los liberales en cuanto a la libertad de conciencia toma forma en la reivindicación de libertad frente a la hegemonía de las religiones pero se debe tener en cuenta que la preocupación de los liberales se trasladó, por decirlo así, a la cuestión de la defensa de la libertad de conciencia frente a la masificación. Por ejemplo, en “Sobre la Libertad” puede verse lo anterior en su cuestionamiento sobre la tolerancia y la libertad de conciencia: “Grandes escritores, a los que el mundo debe cuanto posee de libertad religiosa, han reivindicado la libertad de conciencia como un derecho inalienable, y han negado de modo absoluto que un ser humano tenga que rendir cuentas a sus semejantes sobre sus creencias religiosas. Sin embargo, la intolerancia es tan natural a la especie humana, en todo aquello que la afecta en verdad, que la libertad religiosa no ha existido casi en ninguna parte, excepto allí donde la indiferencia religiosa, que no gusta de ver su paz turbada por disputas teológicas, ha echado su peso en la balanza” (Stuart Mill, 1945, p. 111).

La preocupación de Vaz Ferreira está en sintonía, por decirlo así, con lo señalado anteriormente puesto que radica en preservar la individualidad de la “masificación”. Para Stuart Mill la libertad de los individuos se ve amenazada por la uniformización de la opinión y el comportamiento. La mayoría iría en contra de los disidentes. Justamente, en la disidencia se expresa la emergencia de lo distinto pero la sociedad intenta ahogarla (Stuart Mill, 1945). Para ilustrar lo anterior tómese como ejemplo lo ocurrido a Sócrates quien se enfrentó al poder legal pero, también, a la opinión pública llegando a ser condenado a muerte por impiedad e inmoralidad. Entonces, el problema no lo tienen la mayoría con la disidencia sino lo inverso, es decir, la libertad de los individuos es amenazada por las actitudes de la mayoría.

Stuart Mill desconfía de la “masa”, de la multitud que ejerce presión a favor del cumplimiento de las reglas en contra de la disidencia, opone individuo-sociedad y le da mayor valor axiológico al individuo. El individuo es la fuente de la originalidad. Por eso, no está en conformidad a las costumbres sociales sino a su propio plan. En “Sobre la Libertad” (1945) puede leerse lo siguiente: “La naturaleza humana no es una máquina que se puede construir según modelo, para hacer exactamente una obra determinada, es un árbol que quiere crecer y desarrollarse en todas direcciones, siguiendo la tendencia de las fuerzas interiores que constituyen un ser vivo” (pp. 169-71). El progreso queda “trunco” cuando el individuo es “moldeado” en base a “recetas” o “instrucciones” provenientes de textos o manuales de origen “divinos”. Pero, debería admitirse que no hay manera de llegar a un conocimiento absoluto y que lo único de lo que ha dispuesto la humanidad son de hipótesis tentativas que podrían ser verdaderas o falsas llegando a ser lo que él denomina “dogmas muertos”. Una verdad puede “estar muerta” pero el espíritu humano puede insistir en dicha verdad hasta que encuentre un contexto favorable. Stuart Mill dice que la Democracia trae aparejados mecanismos de control de la libertad. Esto sería así puesto que lo que se denomina “poder del pueblo” en realidad sería poder de la mayoría que logró imponerse sobre la minoría. Por ello siempre sería importante incluir también otros mecanismos que permitan poner límites a ese poder. El advenimiento de la Democracia significó el “poder sobre sí mismo”. Pero, siguiendo a Stuart Mill, debe reconocerse que la cuestión no sería sobre ese “poder del pueblo sobre sí mismos” sino que pasa a ser la cuestión de la autonomía individual, por decirlo así (Stuart Mill, 1945, p. 21). Ontológicamente el contexto social es prioritario al “sí mismo” pero axiológicamente es secundario porque lo justifica.

Vaz Ferreira no diría que lo superior es individual al mismo tiempo que lo colectivo es inferior sino que el que los “designios” provengan de la mayoría, por decirlo así, no es garantía de progreso, ni intelectual, ni moral. Es por eso, que Vaz Ferreira dice “en todo momento lo superior es individualidades, es elite, que son precisamente minorías” (citado en Andreoli, 2012, p. 112). No puede hablarse de una voluntad popular (en el sentido de mayoría) sino individual. Ahora bien, sí puede decirse que tanto para Stuart Mill como para Vaz Ferreira la democracia es un “contexto favorable” para el desarrollo de los valores de libertad y de diversidad de concepciones comprensivas de la vida, para el perfeccionamiento de los individuos y, por ende, los intereses progresivos de la humanidad como especie en marcha (Andreoli, 2012).

 

La herencia y las posiciones iniciales

En otros tiempos la cuestión de la “herencia" hubo suscitado oposiciones. Los revolucionarios franceses, muchos de ellos (sino la mayoría) secungénitos impulsaron la división equitativa de la herencia en contra de los privilegios de los primogénitos. Pero, más allá de la posición que le ha tocado a cada uno tenemos que tener en cuenta de que si tomamos como supuesto el principio de libertad, entonces, la posición social de cada sujeto debería depender exclusivamente de sus acciones y del resultado de la competencia. Es en consonancia con esto que Vaz Ferreira señala la incongruencia de una de las características del sistema actual que es el de la herencia puesto que, de algún modo, estaría consagrando, por decirlo así, cierto sistema basado solo en el derecho de disponer sobre los propios bienes pasando a ser, de esta forma, un elemento generador de diferencias en las posiciones iniciales. La desigualdad en el punto de partida no es justificable. Lo son las desigualdades propias de la elección hecha por el propio individuo. En Vaz Ferreira hay tres elementos que atentan contra la igualdad del punto de partida: la herencia ilimitada, la propiedad de la tierra y la explotación capitalista. El mayor elemento de injusticia social es la primera. Por ello hay que definir qué cosas pueden ser heredadas. Cuales, al ser heredadas, privan de algo a alguien.

El problema de la herencia está en relación con un conflicto de derechos puesto que la generación pasada tiene derecho a transmitir. En el caso de que los bienes a heredar sean tierra de propiedad Vaz Ferreira propone un programa tributario. Este tipo de bienes, como la tierra, son considerados por él como finitos y diferenciados de otro tipo de  bien que sea fruto del trabajo, de la creatividad de los individuos particulares y por ende son infinitos.

Vaz Ferreira entiende que todos deberían estar de acuerdo en que la discusión debe centrarse en lo asegurado al individuo, no en el sentido de quien sino de cuánto y qué cosas son con las que todo individuo debe contar y por lo tanto hay que, como se dijo, asegurarle. Una vez acordado esto quedaría fuera de toda discusión lo dejado a la libertad (Berisso, Diciembre 2008). Por eso en “Sobre los problemas sociales” Vaz Ferreira representa la fórmula mediante una gráfica compuesta de tres círculos concéntricos. El del interior corresponde a lo asegurado al individuo. En oposición a este un círculo externo que representa el espacio librado a las propias fuerzas. En cambio, el círculo que se encuentra entre ambos corresponde a todo lo que puedan divergir los hombres de buena voluntad en cuanto a la extensión dada ya sea a lo que hay que asegurarle a los individuos ya a lo que queda librado a sus fuerzas. Esta fórmula “debería ser común a todos los hombres de pensamiento y de acción”, dice Vaz Ferreira, pero también de todas las teorías de tal manera que cabría la discusión sobre el grado de lo que debe asegurarse al individuo pero “nunca sobre la fórmula” (Vaz Ferreira, 1963). Dicha fórmula es la que nos permite evitar los excesos. Demasiado individualismo nos resulta antipático pero no así el propio individualismo. Ahora, ¿qué ocurre, según sus escritos, con el Socialismo? Porque podría decirse que, asimismo, “demasiada” igualdad también nos resulta antipática. En la fórmula no hay lugar para las limitaciones y el Socialismo es, más que antipático, “temible” justamente por las limitaciones al individuo (Vaz Ferreira, 1963). Según lo expresa Vaz Ferreira el socialismo, como él lo entiende, causa simpatía “por sentir y hacer sentir los males de la organización actual”, pero la igualación antipatía. Como señala Acosta, en el caso del Individualismo Vaz Ferreira destaca que sentimos antipatía por la “desigualdad excesiva” y que esto implica que “cierto grado de desigualdad es aceptable” (Acosta, Noviembre 2009). En lo que tiene que ver con la cuestión de la herencia lo que es un problema no es la institución de la herencia sino la “herencia ilimitada”. En todo caso, Vaz Ferreira era partidario de establecer modificaciones en el régimen de las herencias así como en el de propiedad de la tierra buscando, de ese modo, “que el punto de partida de cada individuo sea menos desigual” (Vaz Ferreira, s. f.). Lo que sucede es que los sentimientos de simpatía y de antipatía se complementan y es por ello que porque sentimos simpatía con las tendencias a la libertad y a las distinciones de personalidad características del individualismo es que entonces nos resulta, a su vez, antipáticos los aspectos igualadores del socialismo.

Para ilustrar lo que entiende por “herencia ilimitada” repárese en las palabras del propio Vaz Ferreira que dice: “Si algunos hombres hubieran modificado (...) el aire haciendo el aire más puro y adaptándolo mejor así a la respiración, o adaptándolo también a usos industriales, ello podría determinar algún derecho; pero nunca ese derecho llegaría hasta justificar la apropiación individual del aire, y su transmisión hereditaria, indefinida, a expensas de todas las generaciones siguientes” (Vaz Ferreira, s. f., p. 38). En estas palabras Vaz Ferreira deja entrever que en la cuestión de la herencia está implicado lo mencionado por Andreoli y que es que si bien el derecho de propiedad sale del trabajo, del esfuerzo del individuo, en el caso de Vaz Ferreira el trabajo “vale más como expresión de la actividad intelectual que como modificaciones producidas en el mundo por la actividad del cuerpo” (Andreoli, 2012, p. 80). Podría decirse, que, si se intenta prevalecer el derecho a heredar sin contradecir a Vaz Ferreira entonces, se concluye que lo único que podría dejarse en herencia sería la creatividad o, en todo caso, la “capacidad fermental” pero, es obvio que ello no es algo que pueda asegurarse. 

CONCLUSIONES

 

Habría dos derechos que estarían en conflicto. Por un lado el derecho de las generaciones pasadas a dejar herencia y por otro el de los individuos a iguales condiciones iniciales. La fórmula propuesta por Vaz Ferreira permitiría abordar la cuestión de la desigualdad pero, al momento de la partida y así llegar a una transacción. Como se vio, él toma como base que “en la oposición polarizante entre igualdad y libertad (...) nadie quisiera sacrificar del todo la igualdad, nadie quisiera sacrificar del todo la libertad” (Vaz Ferreira, 2012, p. 29). Los partidarios de ponderar el derecho de todo individuo a dejar en herencia el fruto de su trabajo de seguro les resultará antipático un régimen que aboliera la herencia. A su vez, los que ponderen la igualdad del punto de partida podrían llegar a resultarles simpático. Es más, Vaz Ferreira diría que un régimen “auténticamente individualista” debería desaprobar la situación de desigualdad creada por la herencia ilimitada puesto que los que están mejores posicionados tendrán injustificadamente ventajas adicionales frente a los que están en peor situación y que solo cuentan con sus propias fuerzas.

Si el problema es la “herencia ilimitada” entonces no habrá que abolirla sino “limitarla”. De esta manera se resguarda, por decirlo así, el derecho a que un individuo “libremente” decida dejar o no herencia y también la libertad de todos puesto que “la mayor parte de los individuos, de hecho, no actúan libremente por falta de un mínimun asegurado de punto de partida” (Vaz Ferreira, 2012, p. 79). Entonces, más allá de que quien hereda sea merecedor o no lo que hay que asegurar es que la herencia no afecte a dicho “mínimun” de punto de partida, es decir, que no prive de algo a alguien. Para ello Vaz Ferreira distingue dos tipos de bienes a heredar. Uno tiene que ver con aquellos que son fruto del esfuerzo y del trabajo, es decir, que son fruto de la creatividad del hombre. Por ejemplo, la propiedad intelectual de una novela. El otro tipo de bienes a los cuales hay que poner límites serían aquellos que tienen que ver con la naturaleza, por ejemplo la tierra. Para “solucionar” esta situación propone un programa tributario progresivo a la transmisión de la propiedad de la tierra. De esta manera, se tendría una “solución” al problema generado por la herencia “ilimitada”.

 

 

El punto de partida y las aptitudes

Ahora bien, hay lugar para una última comparación entre la concepción de Vaz Ferreira sobre el “punto de partida” con el pensamiento liberal actual de John Rawls. Para Rawls nadie merecería tener ni la fuerza, ni la inteligencia sino que se trataría de algo recibido por azar. Por eso, para Rawls surgen los problemas de justicia cuando los intereses competitivos se contraponen con una mayor ventaja que podría obtenerse de la cooperación social (Rawls, 2010). Pero, en “Sobre los problemas sociales” Vaz Ferreira definía al individualismo como “la tendencia a que cada individuo actúe con libertad y reciba las consecuencias de sus aptitudes (subrayado es mío) y de sus actos” (Vaz Ferreira, 1963, p. 22), más allá de los sentimientos de simpatía y antipatía que nos produzca la tendencia. Recuérdese que la desigualdad excesiva puede producir “el triunfo del no superior, o cuando más del que es superior en aptitudes no superiores, por ejemplo la capacidad económica” (Ibídem). Por lo tanto, Vaz Ferreira estaría en desacuerdo con Rawls puesto que las dotes naturales sí formarían parte constitutiva de los individuos y que, como lo señala Andreoli (2012) “sería lo de mayor valor, máxime si se trata de alguien favorecido en la distribución natural” (pp. 84-5).

 

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[1]Si se tiene en cuenta la distinción entre trabajo intelectual y manual el “hombre superior” se encontraría entre los trabajadores intelectuales. Según Vaz Ferreira el trabajo manual es “trabajo intelectual caído en reflejo” (Andreoli, 2012), es decir, trabajo como pura reacción, con esto entiendo que se está refiriendo a que el trabajo manual es lo que nos permite ejecutar cosas pero que en sí no tiene que ver con lo creativo. De tal forma que en “Sobre los problemas sociales” apunta que el trabajo manual podría ser repartido entre todos los hombres mientras que el espiritual no podría serlo sino que “tiene sus elegidos”[1]. Pero, en el caso de Vaz Ferreira, más bien habla de “trabajo espiritual”. Porque, no todo el trabajo espiritual se reduce al intelectual.

 

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