La relación “Sexo” y “género” y algunas de sus implicaciones. Mag. Andrés Ferrer Ferrero - The relationship between “sex” and “gender” and some of its implications

    Podría decirse que aún se debate si las diferencias de género reflejan las sexuales o lo contrario. Analicemos el siguiente caso: según la BBC (2015): casi siempre a Dios se le ha considerado “hombre”. Ahora bien, según la Biblia (Reina-Valera, 1960) el dios judeocristiano es “espíritu”. Por lo tanto, carece de materia. De esto se sigue que en Dios está ausente  cualquier posibilidad de determinación biológica. Es decir, no habría determinantes biológicos ni físicos de su sexualidad. Entonces, ¿por qué es considerado hombre? Porque Dios carecería de “sexo” pero no de “género”.

    Es a través del género que percibimos el mundo y actuamos en él. Es más, si pensamos en la relación entre Género (social) y Sexo (biológico) las segundas, es decir, las biológicas serían “derivadas” de las primeras puesto que se considera que el género sería el “medio” por el cual lo sexual es entendido como naturaleza (Bianciotti, 2011). Por lo tanto, “género” y “sexo” serían construcciones sociales.

    Desde esta perspectiva propongo acercarnos al análisis de algunas de las implicancias que algunos/as autores han realizado en cuanto a la relación entre “Sexo” y “Género” y las posibilidades de cuestionarnos de forma crítica acerca de estos asuntos.

 

Socialización y género

    Mediante el proceso de socialización accedemos a la cultura. Lo hacemos mediante la internalización. Se trata de un proceso en el que hacemos nuestro un conjunto de normas y valores que ya están establecidos socialmente y que adoptamos desde etapas tempranas de nuestra existencia. Estas normas y valores están atravesados por los estereotipos de género, es decir, generalizaciones transmitidas de generación en generación aceptadas de forma irreflexiva y que adjudican jerarquía y valor a las cualidades de cada sexo. Por lo tanto, cada uno de nosotros vive y experimenta su sexualidad de acuerdo a pautas culturales.

 

Construcción/innato

   El feminismo académico impulsó la categoría de “género” dado que permitía comprender mejor la incidencia de las construcciones sociales y culturales y, al mismo tiempo, diferenciarlas de las biológicas en la determinación de las diferencias en la asignación de roles entre los sexos. Pero, además del académico existiría un interés político, puesto que se pretendía aclarar que la atribución de las diferencias de género no sería innata como las sexuales sino adquiridas. De esta manera se planteó la importancia de que al abordar las diferencias entre hombre y mujer deberían separarse las particularidades propias de construcciones sociales y culturales de las biológicas (Lamas et al, 2000).

   Resumiendo, el feminismo ha marcado el carácter social del concepto de género por sobre toda determinación biológica y ello no ha quedado restringido al ámbito teórico. Como apunta la filósofa Judith Butler[1] (2006): alguno que otro quisiera dejar de hablar de género porque “le gustaría biologizar la diferencia sexual” (p. 262).

 

El opuesto de “feminismo”

    Joan Scott (2008) señala que el uso del término feminismo implica un claro “rechazo al determinismo biológico implícito en el empleo de términos como sexo o diferencia sexual” (p. 49). Por eso, si se piensa en términos de opuestos, al de “feminismo” le correspondería el de “biologicismoo determinismo biológico.

   Alguien podría pensar que el opuesto del feminismo es “machismo”. Pero, ¿acaso es posible el recíproco? Tal vez, sería conveniente establecer que el opuesto de “machismo” no sería “feminismo” sino “hembrismo”. En todo caso, pienso que oponer “hembrismo” y “machismo” supone una forma de “biologicismo” de la diferencia sexual. 

 

Orden del mundo

   Desde cierta perspectiva naturalista podría pensarse que todo se reduce en el bien de la reproducción donde las mujeres no tienen más remedio que reconocer que su estado de gravidez acostumbra a la quietud y aseguramiento físico y, por lo tanto, ha de quedarse en la casa mientras que el hombre, desprovisto de esos y de otros apremios físicos puede salir a buscar el sustento. Pero, si bien puede aceptarse que en lo relacionado con la reproducción hombres y mujeres se distinguen en sus funciones biológicas, también, que ello no determina las formas de relacionamiento (Weeks, s. f.). Desde una perspectiva de género como construcción social podría decirse que existiría otra reproducción pero de significados independiente de lo biológico, pautado por lo cultural y que incide en la estructuración de la vida social de las personas y de su identidad.

   La psicóloga Kate Millett cuando habla del desarrollo de la identidad genérica dice en Política sexual:

“en el transcurso de la infancia de la suma de todo aquello que los padres, los compañeros y la cultura en general consideran propio de cada género en lo concerniente al temperamento, al carácter, a los intereses, a la posición, a los méritos, a los gestos, a las expresiones”. (p. 80)

     Entonces, cuando se habla de género se debería tener presente a los “sistemas de relaciones sociales o sexuales” (p. 64) y no tratar de reducirlo a un reflejo de diferencias físicas o naturales previas a su conocimiento, sino como una forma de ordenar el mundo de manera que se asocia sistemáticamente mujer/familia – hombre/trabajo asalariado.

    En sintonía con lo anterior podríamos reparar en lo siguiente: desde hace un buen tiempo se verificaría una clara tendencia en cuanto al crecimiento de la participación de las mujeres en ámbitos que tradicionalmente estaban reservados a los hombres. Cada vez más se constata un número creciente de mujeres que trabajan fuera del hogar (sean profesionales o no) y, también, sucedería lo mismo con el de hombres que son jefes de hogar, como para preguntarse si es de esperarse una nueva manera de ver la relación entre los sexos y los ámbitos privado y público que suplante a la tradicional que relaciona, como se dijo, hogar-mujeres y trabajo remunerado-hombres.

   Esto sugiere que para el sistema no agregaría valor al papel de las mujeres el que, además de su trabajo al interior de los hogares, también aporten con su salario a la economía de la casa mucho menos relevante para su desarrollo personal. Al mismo tiempo que a los hombres se los percibe como defensores de sus privilegios, de su comodidad, como una pared “infranqueable”.

    Como lo expone T. Torn (2005) es el verdadero obstáculo para la plena participación de las mujeres en el mercado de trabajo, así como para su promoción profesional, “es la responsabilidad de los trabajos de cuidado y atención a las personas dependientes” (p. 21) debido al peso simbólico todavía vigente de modelos que ponderan ciertas asociaciones entre desempeños idóneos y sexo. Para ejemplo, repárese en que el trabajo de cuidados que suelen recaer en las mujeres del hogar no se reduce a resguardar el embarazo y/o a amamantar a los niños cuando son pequeños sino, también, al cuidado de personas ya sean mayores o con un tipo de enfermedad crónica.

    Analicemos someramente la problemática de la brecha de género. En general la brecha de género comenzaría a acrecentarse en la etapa de la pre-adolescencia para remontarse a niveles cada vez mayores a lo largo de la vida (Díaz, 2016). Adolescentes mujeres que se preparan, que captan la necesidad de potenciar sus aptitudes anexando una profesión que les permita disponer de una mejor perspectiva para proyectarse al futuro. Pero, a pesar de las estrategias para mejorar la realidad laboral sigue siendo realidad la brecha injustificada en las remuneraciones y condiciones laborales.

   Si bien es cierto que las mujeres están ampliamente representadas en la función pública, habría que tener presente si no son, también, las que ocupan la mayoría de las posiciones más bajas y más precarias. Por ejemplo, entre los no titulares, agentes a tiempo parcial, o se les atribuyen las posiciones que son subalternas, de asistencia y servicio (mujeres de la limpieza, cuidadoras infantiles y así por el estilo). Con esto no se quiere desmerecer a este tipo de tareas.

   A lo anterior se suma otro elemento que es la baja en los salarios que reciben los hombres (Friedan, 1997). Se han eliminado los puestos más altos detentados por hombres ya sea porque las empresas ya no están operativas o, simplemente, como resultado de reestructuraciones.

 

   Pero, podemos aprovechar para dar una mirada, por así decirlo, a estos asuntos desde la idea de “capital simbólico” de Bourdieu, (2002). El etnólogo francés nos invita a considerar que la división sexual del trabajo no responde a las necesidades o demandas de cada uno de los ámbitos (hogareño vs. laboral) sino a que es la cultura la que introduce el sexismo (Lamas, 1996). Piénsese en el caso de las tareas hogareñas o de trabajo externo remunerado. Se inculca que el trabajo que es por fuera del hogar, de seguro es remunerado y por lo tanto es muy importante. Pero, el asunto es que más que “muy importante” es el importante.

 

Jerarquización    

   Ahora bien, existe un elemento que debe tenerse en cuenta y que constituye una zancadilla a las pretensiones de igualdad entre hombres y mujeres. En su estudio sobre el pensamiento de Godelier la antropóloga Marta Lamas (2002) dice lo siguiente: “reconocer la diferencia de papeles implica una jerarquización[2]” (p. 14).

   Lo anterior sugeriría que la relación entre los géneros no es por oposición inocente. Ya Bourdieu (2000) había establecido, por así decirlo, que la relación entre hombre/mujer implicaba la “dominación masculina”. De manera que, mientras que los hombres si no logran un “status” como tales pasan a ser degradados (al punto de ser considerados como mujeres) en el caso de las mujeres su degradación no las hace parecidas a los hombres sino que menos que mujer (y no más mujer). Por lo tanto, es evidente que la categoría de mujer no es en oposición a la de hombre sino que se sitúa como menor.

 

Una postura crítica

    Podríamos dar lugar a las preguntas que presenta Butler (2006): “¿[…] lo único que hemos hecho ha sido abstraer un significado social de la diferencia sexual y exaltarlo corno una estructura simbólica y, por lo tanto, pre-social? ¿Es ésta una forma de asegurarse de que la diferencia sexual está más allá de cualquier oposición social (pp. 299-300)?”. Ahora bien, ¿será que algunos/as pueden “saltarse”, por así decirlo, el orden del mundo y programar su vida de acuerdo a sí mismos, de forma consciente? ¿Qué posibilidades existen de tener éxito?  

 

   Más arriba se hizo mención al proceso de internalización en el que hacíamos nuestras las normas y valores. Pero, a pesar de que llegamos a depender de ellas, ¿podemos, también, aspirar a vivir de maneras que mantengamos con ellas una relación crítica y transformadora?

  Podríamos aceptar que las normas prohíben pero, también, que promueven la “supervivencia social”. Pero, en honor a un espíritu crítico haremos bien en cuestionar si no hemos tomado como normal el que se mantengan situaciones de injusticia social.

   Puede recurrirse a Michel Foucault quien resume su idea de “pensamiento crítico” de esta manera:

 

“el crítico tiene, pues, una doble tarea: mostrar cómo operan el saber y el poder para constituir una forma más o menos sistemática de ordenar el mundo dentro de sus propias «condiciones de aceptabilidad de un sistema», y «seguir los puntos de ruptura que indican cómo surgen»”. (Tomado de Butler, 2006, p. 304)

 

    En la medida en que podamos reconocer esos “puntos de ruptura” esto nos permitirá constituir la inteligibilidad para manejarnos en la interacción compleja entre lo que replica el mismo proceso y lo que lo transforma.

    

Referencias bibliográficas

Bianciotti, M., Agostonoviembre de 2011, Cuerpo y género: apuntes para pensar prácticas eróticas de mujeres jóvenes. Aportes de Judith Butler y Pierre Bourdieu. Revista Latinoamericana de Estudios sobre Cuerpos, Emociones y Sociedad. Nº6. Año 3. Argentina. ISSN: 18528759. pp. 7082.

 

BBC News Mundo. (2015). Recuperado de: https://www.bbc.com/mundo/noticias/2015/06/150604_cultura_dios_mujer_ng_finde

 

Bourdieu, P. (2000) La Dominación masculina. Bourdieu, P. 2000. La dominación masculina. Barcelona. Anagrama.

 

Butler, J. (2006). Deshacer el género. Recuperado de: https://www.psi.uba.ar/academica/carrerasdegrado/psicologia/sitios_catedras/practicas_profesionales/825_rol_psicologo/material/descargas/unidad_2/optativa/deshacer_genero.pdf

 

Bourdieu, P. (2000). La dominación masculina. Recuperado de: http://www.nomasviolenciacontramujeres.cl/wp-content/uploads/2015/09/Bondiu-Pierre-la-dominacion-masculina.pdf.

 

Chilevisión (2020).             “Dios sin duda es un hombre”. Lastesis reinterpretan “Corazones rojos”, el himno feminista de Jorge González. https://www.chilevision.cl/noticias/show/dios-sin-duda-es-un-hombre-lastesis-reinterpretan-corazones.

 

Díaz Andrade, E. (2015, mayo). La desigualdad salarial entre hombres y mujeres. Dirección del trabajo. Cuadernos de Investigación. ISBN: 978-956-9661-05-1. Recuperado (mayo/2017) de: http://www.dt.gob.cl/documentacion/1612/articles-105461_recurso_1.pdf.

 

Guerra Zabala, V & Fernández Moreno, S. (Fri, 30 Dec 2022) en Manzana Discordia. Recuperado de: https://manzanadiscordia.univalle.edu.co/index.php/la_manzana_de_la_discordia/article/view/11510/15199#content/citation_reference_24

 

IEP. Recuperado de: https://iep.utm.edu/irigaray/

 

Lamas, M. (1996, enero-marzo). La perspectiva de género. La Tarea. Revista de Educación y Cultura de la Sección 47 del SNTE. Recuperado de: https://www.ses.unam.mx/curso2007/pdf/genero_perspectiva.pdf.

 

Lamas, M. (2000, enero-abril). Diferencias de sexo, género y diferencia sexual. Cuicuilco. ISSN: 1405-7778. Recuperado (junio/2017) de: http://www.redalyc.org/pdf/351/35101807.pdf.

 

Lamas, M. (1999, junio-septiembre). Usos, dificultades y posibilidades de la categoría género. Papeles de Población. ISSN: 1405-7425. Recuperado (junio/2017) de: http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=11202105.

 

Scott, J. (2008). Género e Historia. Recuperado de: https://introhistoria13.files.wordpress.com/2012/10/scott-gc3a9nero-e-historia-parte-i.pdf.

 

Torn, T. (2005). De la imposible conciliación a los permanentes malos arreglos. Cuadernos de Relaciones Laborales. 23, núm. 1 15-33. ISSN: 1131-8635.



[1] En esta oportunidad no abordo la temática sobre la “cantidad” de géneros.

[2] La cursiva es mía.

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