La relación “Sexo” y “género” y algunas de sus implicaciones. Mag. Andrés Ferrer Ferrero - The relationship between “sex” and “gender” and some of its implications
Podría decirse que aún se debate si las diferencias de género reflejan las sexuales o lo contrario. Analicemos el siguiente caso: según la BBC (2015): casi siempre a Dios se le ha considerado “hombre”. Ahora bien, según la Biblia (Reina-Valera, 1960) el dios judeocristiano es “espíritu”. Por lo tanto, carece de materia. De esto se sigue que en Dios está ausente cualquier posibilidad de determinación biológica. Es decir, no habría determinantes biológicos ni físicos de su sexualidad. Entonces, ¿por qué es considerado hombre? Porque Dios carecería de “sexo” pero no de “género”.
Socialización y género
Mediante el
proceso de socialización accedemos a la cultura. Lo hacemos mediante la
internalización. Se trata de un proceso en el que hacemos nuestro un conjunto
de normas y valores que ya están establecidos socialmente y que adoptamos desde
etapas tempranas de nuestra existencia. Estas normas y valores están atravesados
por los estereotipos de género, es decir, generalizaciones transmitidas de
generación en generación aceptadas de forma irreflexiva y que adjudican
jerarquía y valor a las cualidades de cada sexo. Por lo tanto, cada uno de nosotros
vive y experimenta su sexualidad de acuerdo a pautas culturales.
Construcción/innato
El
feminismo académico impulsó la categoría de “género” dado que permitía
comprender mejor la incidencia de las construcciones sociales y culturales y,
al mismo tiempo, diferenciarlas de las biológicas en la determinación de las
diferencias en la asignación de roles entre los sexos. Pero, además del
académico existiría un interés político, puesto que se pretendía aclarar que la
atribución de las diferencias de género no sería innata como las sexuales sino
adquiridas. De esta manera se planteó la importancia de que al abordar las
diferencias entre hombre y mujer deberían separarse las particularidades
propias de construcciones sociales y culturales de las biológicas (Lamas et al,
2000).
El opuesto de “feminismo”
Joan Scott (2008) señala que el uso del
término feminismo implica un claro
“rechazo al determinismo biológico implícito en el empleo de términos como sexo
o diferencia sexual” (p. 49). Por eso, si se piensa en términos de opuestos, al
de “feminismo” le correspondería el de “biologicismo” o determinismo biológico.
Orden del mundo
Desde
cierta perspectiva naturalista podría pensarse que todo se reduce en el bien de la reproducción donde las
mujeres no tienen más remedio que reconocer que su estado de gravidez
acostumbra a la quietud y aseguramiento físico y, por lo tanto, ha de quedarse
en la casa mientras que el hombre, desprovisto de esos y de otros apremios
físicos puede salir a buscar el sustento. Pero, si bien puede aceptarse que en
lo relacionado con la reproducción hombres y mujeres se distinguen en sus
funciones biológicas, también, que ello no determina las formas de relacionamiento
(Weeks, s. f.). Desde una perspectiva de género como construcción social podría
decirse que existiría otra reproducción
pero de significados independiente de lo biológico, pautado por lo cultural y
que incide en la estructuración de la
vida social de las personas y de su identidad.
La psicóloga Kate Millett cuando habla del
desarrollo de la identidad genérica dice en Política
sexual:
“en
el transcurso de la infancia de la suma de todo aquello que los padres, los
compañeros y la cultura en general consideran propio de cada género en lo
concerniente al temperamento, al carácter, a los intereses, a la posición, a
los méritos, a los gestos, a las expresiones”. (p.
80)
Esto sugiere que para el sistema no
agregaría valor al papel de las mujeres el que, además de su trabajo al
interior de los hogares, también aporten con su salario a la economía de la
casa mucho menos relevante para su desarrollo personal. Al mismo tiempo que a
los hombres se los percibe como defensores de sus privilegios, de su comodidad,
como una pared “infranqueable”.
Si bien es cierto que las mujeres están
ampliamente representadas en la función pública, habría que tener presente si
no son, también, las que ocupan la mayoría de las posiciones más bajas y más
precarias. Por ejemplo, entre los no titulares, agentes a tiempo parcial, o se
les atribuyen las posiciones que son subalternas, de asistencia y servicio (mujeres de la limpieza,
cuidadoras infantiles y así por el estilo). Con esto no se quiere desmerecer a
este tipo de tareas.
A lo anterior se suma otro elemento que es
la baja en los salarios que reciben los hombres (Friedan, 1997). Se han
eliminado los puestos más altos detentados por hombres ya sea porque las
empresas ya no están operativas o, simplemente, como resultado de
reestructuraciones.
Pero, podemos aprovechar para dar una
mirada, por así decirlo, a estos asuntos desde la
idea de “capital simbólico” de Bourdieu, (2002). El etnólogo francés nos invita
a considerar que la división sexual del trabajo no responde a las necesidades o
demandas de cada uno de los ámbitos (hogareño vs. laboral) sino a que es la
cultura la que introduce el sexismo (Lamas, 1996). Piénsese en el caso de las tareas hogareñas o
de trabajo externo remunerado. Se inculca que el trabajo que es por fuera del
hogar, de seguro es remunerado y por lo tanto es muy importante. Pero, el
asunto es que más que “muy importante” es el importante.
Jerarquización
Ahora
bien, existe un elemento que debe tenerse en cuenta y que constituye una
zancadilla a las pretensiones de igualdad entre hombres y mujeres. En su
estudio sobre el pensamiento de Godelier la antropóloga Marta Lamas (2002) dice
lo siguiente: “reconocer la diferencia de papeles implica una jerarquización[2]”
(p. 14).
Lo anterior sugeriría que la relación entre
los géneros no es por oposición inocente. Ya Bourdieu (2000) había establecido,
por así decirlo, que la relación entre hombre/mujer implicaba la “dominación
masculina”. De manera que, mientras que los hombres si no logran un “status”
como tales pasan a ser degradados (al punto de ser considerados como mujeres)
en el caso de las mujeres su degradación no las hace parecidas a los hombres
sino que menos que mujer (y no más mujer). Por lo tanto, es evidente que la
categoría de mujer no es en oposición a la de hombre sino que se sitúa como menor.
Una
postura crítica
Podríamos
dar lugar a las preguntas que presenta Butler (2006): “¿[…] lo único que hemos
hecho ha sido abstraer un significado social de la diferencia sexual y
exaltarlo corno una estructura simbólica y, por lo tanto, pre-social? ¿Es ésta
una forma de asegurarse de que la diferencia sexual está más allá de cualquier
oposición social (pp. 299-300)?”.
Ahora bien, ¿será que algunos/as pueden “saltarse”, por así decirlo, el orden del
mundo y programar su vida de acuerdo a sí mismos, de forma consciente? ¿Qué
posibilidades existen de tener éxito?
Más
arriba se hizo mención al proceso de
internalización en el que hacíamos nuestras
las normas y valores. Pero, a pesar de que llegamos a depender de ellas, ¿podemos,
también, aspirar a vivir de maneras que mantengamos con ellas una relación
crítica y transformadora?
Podríamos
aceptar que las normas prohíben pero, también, que promueven la “supervivencia
social”. Pero, en honor a un espíritu crítico haremos bien en cuestionar si no hemos
tomado como normal el que se
mantengan situaciones de injusticia social.
Puede
recurrirse a Michel Foucault quien resume su idea de “pensamiento crítico” de
esta manera:
“el crítico tiene, pues, una doble tarea:
mostrar cómo operan el saber y el poder para constituir una forma más o menos
sistemática de ordenar el mundo dentro de sus propias «condiciones de
aceptabilidad de un sistema», y «seguir los puntos de ruptura que indican cómo surgen»”.
(Tomado de Butler, 2006, p. 304)
En
la medida en que podamos reconocer esos “puntos de ruptura” esto nos permitirá
constituir la inteligibilidad para manejarnos en la interacción compleja entre
lo que replica el mismo proceso y lo que lo transforma.
Referencias bibliográficas
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Cuerpo y género: apuntes para pensar prácticas eróticas de mujeres jóvenes.
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